El Flaco Pérez
A short tale I wrote for the World Cup — a small football story.
It's written in Spanish, and I'm leaving it that way: some things only work in the language they were dreamed in.
Vamos Argentina! 🇦🇷
El Flaco Pérez
1
Trabajé once años en la sección deportiva de un diario que ya no existe. Corregía pruebas.
La noche del 14 de marzo cerrábamos con lo de siempre: novecientas palabras sobre un amistoso en Rosario, la formación, dos fotos, el recuadro con los cambios. La crónica venía de Molina, que escribía bien y calculaba mal, así que le rehice los minutos.
No cerraban.
El primer tiempo daba cuarenta y siete con descuento y estaba bien. El segundo daba cuarenta y nueve. Podía ser un dedo torcido en el teclado, salvo que el error no estaba en los minutos. Estaba en los cambios. Había seis. La lista que había mandado el prensa de la Selección tenía cinco suplentes.
Llamé a Molina al celular. Me atendió desde un peaje.
—¿Seis? —dijo—. Fueron cinco.
—Vos escribiste seis.
—Yo escribí lo que hubo.
Le leí el párrafo. Se quedó callado el tiempo que tarda en levantarse una barrera. Después dijo que ya era tarde, que sacara el que sobraba, y cortó.
El que sobraba entraba al minuto ochenta y ocho, por un mediocampista cuyo nombre figuraba en todas partes. En la crónica no se le atribuía ninguna acción. Entraba y el partido terminaba. Ni un pase, ni una falta, ni una amarilla.
Se llamaba Pérez.
Lo borré y mandé la página.
2
A la semana siguiente, armando el archivo de fotos para el suplemento del domingo, apareció la del banco de suplentes de aquel amistoso. Los conté. Trece.
Los volví a contar. Trece.
Empecé a identificarlos, que es rutina: se los reconoce por la nuca, por el corte de pelo, por cómo se sientan. Fui de izquierda a derecha y no tuve problemas hasta el último de la fila. Ahí había un hombre.
No podría describirlo. Estaba en foco —la foto entera estaba en foco, se le veían las costuras al buzo del arquero suplente, se leía la marca de las botellas— y sin embargo la cara no terminaba de fijarse. Tenía todo lo que tiene una cara y no formaba ninguna. Flaco, sí. Joven o no tanto. Cada vez que la miraba me parecía otro, y no otro distinto: el mismo, otra vez, sin llegar nunca a ser alguien.
Acerqué el flexible. Después la lupa que usábamos para los tipos de imprenta. Con la lupa fue peor: se veía el grano del papel y debajo del grano no había nadie.
En once años aprendí a ponerle nombre a un jugador de espaldas y a cuarenta metros. A ese lo tenía sentado de frente, a un metro, quieto, y no sabía quién era.
Abajo, en el cuerpo seis de los epígrafes, el fotógrafo había cargado los nombres de izquierda a derecha. El último decía: el Flaco Perez.
Sin tilde.
3
El diario tenía un archivo en el subsuelo y un archivista, Ferrari, que llevaba más años ahí que la mayoría de los que figuraban en las carpetas. Le pedí todo lo que hubiera bajo Pérez.
Volvió con seis cajas. Es el apellido más frecuente del país; hubo un Pérez en casi todos los planteles desde que se juega al fútbol acá. Estuve tres tardes. Encontré arqueros, un lateral que había ido a México, dos homónimos de Lanús que en 1974 confundieron a los cronistas durante media temporada. A ninguno le decían el Flaco. Ninguno estaba en la Selección.
En la última caja, en un sobre sin rótulo, había una hoja mecanografiada con la lista de convocados para una gira por Europa en 1978. Diecinueve nombres. Alguien, a mano, con birome azul, había agregado un vigésimo abajo de todo, fuera de la numeración.
Perez.
Sin tilde.
Le pregunté a Ferrari de quién era esa letra. Miró la hoja un rato largo.
—Mía no es —dijo.
Le pregunté quién más bajaba al archivo.
—Nadie —dijo—. Vos.
4
En mi casa hay un álbum del 90 que llené a los nueve años, salvo tres. En los álbumes siempre falta alguna. Lo saqué del placard por otra cosa, para una nota de aniversario, y lo hojeé sin buscar nada.
Faltaban tres. La 87, la 112 y la 204. Debajo de los casilleros vacíos, el álbum trae impreso el nombre, para que uno sepa qué le falta. La 87 decía un nombre. La 112 decía un nombre.
La 204 no decía nada. El casillero estaba vacío y el renglón también.
Compré dos álbumes más por Mercado Libre, de vendedores distintos, uno de Córdoba y uno de Lomas. En los dos, la 204 tenía el renglón en blanco. En el de Córdoba, alguien había escrito con lápiz sobre el renglón, con esa caligrafía redonda de nene que todavía está aprendiendo la cursiva y que copió lo que escucha en la radio: el flaco perez.
Un chico de nueve años, en 1990, sabía que faltaba alguien y sabía cómo se llamaba.
5
El hombre de Rosario apareció solo, como aparecen esas cosas: una carta al lector, tres párrafos, letra clara. Decía haberlo marcado en un partido de Séptima en 1983, en cancha de Central Córdoba. Decía que era el mejor con el que jugó nunca, que después no lo vio más, y que le extrañaba que en el diario no lo mencionáramos nunca.
Lo llamé por teléfono. Le pedí que me lo describiera.
Me describió a un pibe alto, morocho, zurdo, que jugaba de nueve. Antes de cortar dijo que ese no tendría que haberse perdido.
Al día siguiente llamó otro señor, de Junín, que había leído la misma nota. Había jugado contra él en el 83, también en Séptima.
Me describió a un pibe petiso, rubio, diestro, que jugaba de cinco. Dijo que ese no tendría que haberse perdido.
Lo anoté en el cuaderno Gloria, en la columna de la derecha, que es donde van las correcciones. No supe qué poner en la de la izquierda.
6
La lista de convocados se anunciaba el 12 de mayo. Desde marzo, en el diario, se hacía lo que se hace siempre: una lista propia, tentativa, que se corregía cada semana según los partidos y las lesiones. La armaba Casetta, que era el jefe de la sección, y la publicábamos los lunes en un recuadro.
El lunes 6 de abril me llegó la prueba con veintiséis nombres. La conté por costumbre. Veintisiete.
Fui a la mesa de Casetta con la hoja.
—Son veintiséis —dijo, sin levantar la vista.
—Contá.
Contó. Se quedó mirando el recuadro y después me miró a mí.
—Sacá al que sobra —dijo.
Es lo que se dice. Yo también lo habría dicho.
Volví a mi lugar, apoyé la hoja bajo el flexible y busqué al que sobraba. Estaba en el mediocampo, entre dos nombres que estaban bien. Lo taché y mandé la página.
Al otro día compré el diario en el kiosco de la esquina, como todos los días, y busqué el recuadro.
Veintisiete.
No era un error de imprenta: yo conozco los errores de imprenta, tienen forma de línea saltada o de renglón repetido. Acá no faltaba nada ni sobraba nada. Estaba mi tachadura respetada —el nombre que yo había sacado no aparecía— y estaba, en el mediocampo, entre dos nombres que estaban bien, el Flaco Pérez.
Con tilde.
7
Esperé el reclamo de Casetta y no llegó. A media mañana pasó por mi escritorio con un café en la mano, miró el diario abierto y dijo que había quedado bien el recuadro.
Le pregunté si lo había leído.
—Lo escribí yo —dijo.
8
Empezó por la radio, como empieza todo acá.
Un domingo a la noche, en un programa de esos donde cuatro tipos discuten cinco horas, alguien dijo que si el técnico tenía la valentía de llevarlo, había un jugador que le cambiaba la Selección. No dijo el nombre. Los otros tres se hicieron los que no entendían y siguieron veinte minutos hablando del asunto sin nombrarlo, que es una manera de nombrarlo mucho.
En una semana estaba en todas partes. Los que hacían fútbol de ascenso decían que en el ascenso lo conocían hace años. Los que hacían Europa decían que en Europa lo habían querido comprar dos veces y que él no quiso irse. Nadie decía dónde jugaba. Preguntarlo, a esa altura, ya era de ignorante.
Recorté todo. Lo pegué en el cuaderno. En doce días conté cuarenta y una menciones y en ninguna, ni una sola, alguien se preguntó de dónde había salido.
Escuché la frase por primera vez en la radio del taxi, un martes, en boca de un tipo que no era periodista sino uno que llamaba por teléfono desde Berazategui.
—Ese no tendría que haberse perdido —dijo.
El que manejaba movió la cabeza para arriba y para abajo, despacio, mirando la calle.
9
El 12 de mayo, el técnico dio la lista en el predio, de pie, con una hoja en la mano. Leyó veintiséis nombres.
Después vinieron las preguntas. La cuarta o la quinta fue la que todos estaban esperando, y la hizo un pibe de un canal chico, con la voz un poco alta.
Le preguntó por el Flaco Pérez.
El técnico lo miró. En la grabación que vi después —la vi muchas veces, la tengo— hay un segundo y medio en que no pasa nada.
—No voy a hablar de la lista —dijo.
Y pasó a la pregunta siguiente.
Esa noche, en los canales, no se habló de otra cosa. Nadie dijo que Pérez estuviera en la lista. Lo que se dijo, en todos lados, con distintas palabras, fue que el técnico no lo había negado.
10
Yo cerré la página de esa noche. El titular decía LA LISTA. Abajo, los veintiséis nombres en tres columnas, en cuerpo diez, prolijos.
Los conté.
Veintiséis.
Miré el recuadro un rato largo, con la lapicera en la mano, esperando encontrar algo. Un error que apareciera en el momento que parpadeara. Una mano invisible de algún Dios que quisiera meter su nombre. No había nada que corregir. Estaba todo bien.
Fue lo único que me dio miedo en todo el asunto.
11
Al predio no entrábamos. Se hablaba con los jugadores en la zona mixta, veinte minutos, con un tipo de prensa mirando el reloj.
Fui una sola vez, en junio, no por Pérez sino porque faltó Molina. Le pregunté a un defensor, uno serio, de los que contestan corto, cómo estaba el grupo.
Dijo que bien, que estaban todos bien, que el grupo era sano y que había que ir partido a partido. Lo dijo sin apurarse y sin pensarlo, como se dicen esas cosas: son cuatro o cinco frases y las tienen todos, y en once años se las escuché a arqueros, a wines, a un técnico campeón y a un pibe de dieciocho que debutaba esa tarde. Es una cinta que se pone a andar sola. Uno pregunta cualquier cosa y la cinta corre hasta que se termina.
Le pregunté con quién compartía habitación.
Me dijo el nombre de un lateral. Después se quedó pensando y dijo que no, que con el lateral había compartido en la gira anterior. Que ahora compartía con el Flaco.
Le pregunté cómo estaba el Flaco.
—Tranquilo —dijo—. Duerme mucho.
Le pregunté si estaba entrenando bien.
Ahí me miró por primera vez. Tenía la cara de un tipo al que le preguntan la hora y descubre que perdió el reloj.
—No sé —dijo.
El de prensa golpeó el reloj con el dedo y el defensor se fue.
12
Volví a mirar los videos de los entrenamientos abiertos. Hay uno solo por semana, quince minutos, filmado desde lejos por cuatro cámaras.
Conté a los jugadores en el fondo, en la elongación, en los trabajos de pelota parada. Veintiséis, siempre. Los conté cuadro por cuadro en el trabajo de ataque contra defensa, donde se ve el campo entero.
Veintiséis.
En el fútbol, un plantel de veintiséis no puede hacer un ataque contra defensa sin que alguien quede afuera. Siempre queda alguien afuera, mirando, con el chaleco en la mano. En los quince minutos no quedó afuera nadie.
13
La foto oficial se sacó el 19 de junio, en el estadio, con los uniformes puestos: once parados atrás, once en cuclillas, el resto sentado en el piso, adelante.
La foto que llegó al diario tenía veintiséis jugadores y estaba, como todas, tomada con una cámara que cuesta más que mi auto. Se leía la marca en el botín del arquero. Se le veía a un delantero un corte de afeitado en el mentón.
En la fila de arriba, entre el segundo y el tercero desde la izquierda, hay un hombro.
No es una superposición: los cuerpos de esos dos no se tocan, hay diez centímetros de aire entre ellos, y en esos diez centímetros hay un hombro con la manga de la camiseta y el borde de una clavícula. Sube y se termina. No hay cuello, no hay cabeza. La foto simplemente sigue: atrás está la tribuna vacía, y el hombro está adelante de la tribuna, y arriba del hombro también está la tribuna.
Se la mostré a Ferrari. La miró treinta segundos y dijo que estaba bien.
Le pregunté qué era eso.
—El Flaco —dijo, y me devolvió la foto, y se fue a buscar otra cosa a los estantes.
14
Esa foto salió en tapa el domingo. Salió en tapa en los otros tres diarios, en la de una revista, en un pasacalle en la General Paz y en el afiche de una marca de cerveza que la usó entera, sin retocar, con una frase abajo que decía VAMOS TODOS.
No la retocó nadie. No hubo un solo lector que escribiera. En once años me llamaron por una tilde en un apellido, por un escudo mal puesto, por el nombre de un pueblo. Por el hombro no llamó nadie.
15
Al Mundial no fui. Fueron Molina y Casetta. Yo me quedé cerrando páginas con material de agencia, que es lo que se hace con los que corrigen: uno viaja adonde va el diario, y el diario, a esa hora, estaba en el subsuelo.
Los partidos los vi en un bar de Rivadavia que abría a las siete de la mañana por los horarios. Se llamaba, y se sigue llamando, El Progreso. Tienen, arriba de la caja, una radio. Y tienen un televisor de los viejos, de tubo, cuadrado y gordo, antes gris pero con el paso del tiempo y el tabaco en el aire se había tornado de un negro apagado, apoyado sobre una repisa de hierro atornillada a la pared, encima de la heladera de las botellas de Coca-Cola. La repisa está torcida hacia adelante. Uno se sienta abajo y no puede dejar de pensar en eso.
La imagen no era buena. Cada tanto la cruzaba una barra de arriba abajo, despacio, y quedaba un instante de nieve, y volvía. Nadie protestaba. Cuando algo no se veía, se miraba al de al lado y se preguntaba qué había pasado, y el de al lado lo contaba, y así se hacía la parte que no estaba.
El televisor iba tres segundos atrás de la radio.
Nadie lo apagaba. La radio gritaba el gol y en la pantalla el pase todavía no había salido, y durante tres segundos el bar entero conocía el futuro y se quedaba mirándolo llegar. Los tipos levantaban los brazos antes. Después el gol sucedía, y volvían a levantarlos, y el segundo grito era más corto que el primero.
Yo me sentaba en la punta, contra la pared, con el cuaderno. Nunca me gustó mucho ver los partidos enteros.
16
No jugó ninguno de los tres partidos del grupo.
Estuvo en el banco. Lo dijeron los relatores, que a esa altura lo nombraban sin bajar la voz: que el técnico lo tenía guardado, que lo iba a usar cuando hiciera falta. En las tomas del banco de suplentes yo lo buscaba. Hay un lugar, en la punta del banco, donde la cámara nunca termina de enfocar. Está siempre ese lugar. En todos los bancos de suplentes del mundo hay un tipo al que la cámara le pasa por encima.
En octavos entró un pibe de veinte y metió el segundo. En cuartos ganamos con un penal.
En la semifinal, el técnico hizo los cinco cambios y no lo puso.
Al otro día, en el bar, un tipo que tomaba una ginebra a las nueve de la mañana dijo que si no lo ponía en la final tenían que matar al técnico y echarlo, en ese orden. Otro dijo que lo tenía guardado para la final. Discutieron sin ganas, como se discute lo que ya está decidido.
17
El jueves, dos días antes de la final, ordené el cuaderno Gloria para pasar en limpio lo que tenía.
Tenía ciento nueve entradas. La primera era del 14 de marzo. Las leí todas de corrido, y era, leído así, un solo relato prolijo, con fechas, con fuentes, con las dos columnas siempre completas: a la izquierda el error, a la derecha la corrección.
Salvo que a partir de mayo la columna de la izquierda estaba vacía.
No es que yo hubiera dejado de escribirla. Es que no había nada que poner. Desde el recuadro de los veintisiete, ninguna de las cosas que anoté era un error. Un hombro no es un error. Un jugador que no queda afuera del ataque contra defensa no es un error. Un plantel de veintiséis que suma veintisiete y que igual da veintiséis cuando lo contás no es un error, porque un error se corrige, y para corregir algo tiene que haber una versión correcta contra la cual corregirlo.
Eso lo entendí esa noche y lo anoté, y es lo último que anoté antes de la final:
No hay contra qué.
18
El sábado abrieron El Progreso a las siete y a las siete y media no entraba nadie más.
Pedí un café. Me lo sirvieron en una taza que decía otra cosa. El televisor sobre la heladera, la radio arriba de la caja, tres segundos de diferencia, como siempre.
Salieron los equipos. La cámara pasó por la fila de los once y después por el banco, rápido, y en el banco había un lugar en la punta que no se llegó a ver.
Sonó el himno. Cantó todo el bar y cantó, en la pantalla, todo el estadio, y en la radio el himno terminó tres segundos antes que en el televisor, de modo que hubo tres segundos en los que la radio ya estaba en silencio y las bocas seguían cantando.
Al lado mío, un hombre grande, de sesenta y pico, con una camiseta vieja, miraba la pantalla con las manos apoyadas en el mostrador.
Dijo, sin dirigirse a nadie, que hoy lo ponía.
19
Cero a cero a los ochenta.
El bar hace un ruido que no es de voces. Es de sillas, de vasos que se apoyan, de gente que respira mal. Alguien pide que bajen la radio. Nadie la baja.
Ochenta y tres. Un tiro libre nuestro, afuera. Ochenta y cinco. Se lesiona un central de ellos y se toma dos minutos en el piso, y en el bar lo insultan, y el insulto es un alivio porque es algo para hacer.
Ochenta y siete. La cámara toma al técnico. Está de pie con las manos en los bolsillos y dice algo hacia el banco sin mirar hacia el banco.
Ochenta y ocho. La cuarta levanta el cartel.
20
Sale un número. En el televisor el número es una mancha roja. La radio dice que hay un cambio y no dice quién.
Todo el bar mira la pelota, que está en la mitad de la cancha, en el pie de un tipo nuestro que no sabe qué hacer con ella.
Yo miro el cartel.
Digo que lo miro y es mentira: desde donde estoy no se ve un cartel, se ve un rectángulo de luz de costado, alargado, sin colores firmes. Pero es lo único que estoy mirando, y por eso soy el único que ve entrar al Flaco Pérez por la raya, y ve que la raya, del otro lado, no la cruza nadie.
Nadie sale.
La cuarta baja el cartel. El línea le hace una seña al árbitro. El árbitro asiente sin mirar. En el banco de suplentes, que la cámara toma un segundo y medio después, hay una silla vacía y no hay ningún jugador de pie sacándose la camiseta, ni un tipo que llega al banco, ni el abrazo que se dan siempre el que sale y el que entra.
Nadie salió y sin embargo somos once.
Vuelvo a la pantalla y no puedo contarlos, porque la imagen se cruza de arriba abajo con una barra de estática, despacio, y queda un instante de nieve.
21
Ochenta y nueve.
La pelota le queda al cinco nuestro, que la pica dos veces y la pone larga, sin destino, de esas que se ponen para que el tiempo pase adelante y no atrás.
La radio grita antes.
Tres segundos. En el bar los brazos suben. Suben todos juntos, con un ruido de taburetes, y las bocas están abiertas y todavía no sale nada de ellas porque en la pantalla la pelota está en el aire, en el medio del campo, y no hay nadie ahí.
El hombre grande de al lado tiene las dos manos arriba y los ojos cerrados.
Y en la pantalla, entonces, la pelota baja.
22
Baja al borde del área.
Hay un hombre. Controla con el pecho. La pelota le queda quieta. El arquero sale y él, sin apuro, la pone contra el palo derecho, abajo.
Es un gol. No es un gol extraordinario. Es un gol de área, de los que se hacen todos los domingos en todas las canchas del mundo, uno de esos goles que al otro día nadie va a poder describir sin agregarle algo. No va a ganar el Puskas por ese gol.
El televisor lo muestra entero y sin cortes. Se ve todo.
Es la única vez, en todo el asunto, que se ve todo.
23
El grito del bar es el segundo grito, el corto, porque el primero ya lo habían dado tres segundos antes con la radio, cuando en la pantalla no había nadie. Y sin embargo esta vez el segundo dura más. Dura mucho más. Dura mientras se abrazan y se caen y alguien tira una silla y el de la caja apaga la radio, por fin, y se queda con la mano en la perilla y llora sin hacer ruido.
Yo estoy contra la pared descascarada, con el cuaderno cerrado.
En la pantalla, deformado, alargado, sin colores firmes, un tipo corre hacia el córner con los brazos abiertos y detrás le corren diez.
Diez.
Los cuento otra vez. La barra cruza la imagen de arriba abajo, despacio, y queda un instante de nieve, y cuando vuelve ya están todos amontonados y no se puede contar nada.
24
Salí del bar a las once de la mañana y las calles estaban llenas.
Caminé hasta el diario por el medio de Rivadavia, entre autos parados que tocaban bocina, entre banderas, entre gente que se abrazaba con desconocidos. Nadie caminaba en la dirección en que yo caminaba. Escuché el nombre unas cuantas veces, gritado, cantado, en boca de gente que lo decía como se dice un apellido de toda la vida.
En la esquina de Sáenz Peña escucho de refilón dos pibes discutiendo de buen humor. Uno decía que la había bajado con el pecho. El otro decía que no, que la había parado con el muslo y había amagado.
Los dos habían visto lo mismo. Los dos estaban seguros.
25
En la redacción estaban todos, incluso los que no trabajaban ese día. Casetta había vuelto en el avión de la delegación esa madrugada y había venido directo, sin dormir, con la corbata en el bolsillo.
Se armó la página de la edición especial. Titular a toda página, la foto del gol, y abajo la crónica.
La crónica decía que Pérez había entrado a los ochenta y ocho por un mediocampista.
Fui a la mesa de Casetta con la prueba en la mano y le pregunté por cuál.
Me dijo un nombre.
Fui al archivo. Ferrari me dio la caja del Mundial: la lista de convocados del 12 de mayo, los veintiséis nombres en tres columnas, cuerpo diez, la página que yo mismo había cerrado esa noche.
El nombre que me había dicho Casetta no estaba.
Subí. Le puse la lista adelante, en la mesa, y le pedí que me lo mostrara.
Casetta pasó el dedo por las tres columnas, dos veces, despacio. Después levantó la cabeza y me miró con una cara que yo ya conocía, la del defensor en la zona mixta.
—Sacalo —dijo—. Poné que entró y listo.
Es lo que se dice. Yo también lo habría dicho.
26
Esa semana llamaron ciento cuarenta lectores. Los atendí a casi todos, porque los demás estaban festejando.
Un señor de Mar del Plata llamó para corregirnos: la había bajado con el pecho, no con el muslo. Una mujer llamó para agradecernos, y de paso dijo que su marido se había muerto en abril sin llegar a verlo y que se lo había perdido por dos meses. Un tipo llamó furioso porque habíamos puesto que el pase se lo había dado el cinco y se lo había dado el ocho.
Puse el video. Se lo había dado el cinco.
Lo volví a poner. Se lo había dado el cinco.
Al tercer llamado por lo mismo lo puse una vez más, y era el cinco, y colgué el teléfono y me quedé pensando que si mañana los ciento cuarenta decían que era el ocho, el video no me iba a servir de nada.
27
En agosto, cuando bajó el ruido, empecé a buscarlo en serio.
No estaba.
No estaba en las planillas de la AFA. No estaba en el registro de la FIFA, donde figuran los veintiséis nombres del plantel campeón y donde los goles de la final —hay uno solo— aparecen en una tabla, en una columna que dice Autor, y la celda está en blanco. No es que diga otro nombre. Está en blanco, y la tabla tiene el ancho de una celda ocupada.
No estaba en el álbum del Mundial, donde la figurita de la vuelta olímpica muestra a los jugadores levantando la copa y en el epígrafe hay veinticinco nombres.
Escribí al fotógrafo del amistoso de Rosario, el de la foto del banco. Me contestó a los dos días, amable, y me dijo que él no había cubierto ese partido.
Fui al archivo. La foto del banco de suplentes estaba en su sobre. Trece hombres, y el último de la fila era un hombre al que no le podía ver la cara.
En el epígrafe, en cuerpo seis, el último nombre decía: el Flaco Pérez.
Con tilde.
Me quedé mucho tiempo mirando esa tilde.
28
El cuaderno Gloria lo abrí esa misma noche, en casa.
Ciento nueve entradas. Estaban todas: el 14 de marzo, los seis cambios, el recuadro de los veintisiete, el hombro, los veintiséis que no dejaban a nadie afuera. Las fechas eran las mías. Los hechos eran los míos.
La letra no.
No es una letra parecida a la mía ni una letra que se le opone: es una letra que hace mis eses y mis oes, que apoya fuerte en la misma parte del renglón, que abrevia igual, y que sin embargo, mirada de cerca, con la lupa de los tipos de imprenta, no es la mía. Está cerca del grano del papel y debajo del grano no hay nadie.
Busqué algo escrito por mí para comparar. Encontré un cheque, una carta al banco, la firma en el recibo de sueldo.
Encontré que no tenía contra qué.
29
En el documento figuro con acento. En el carnet del club, sin. En la libreta de casamiento, mi apellido tiene una letra que en el documento no tiene, y siempre pensé que era un error de un empleado, en 1998, y que algún día lo iba a arreglar.
Mi mujer, cuando le pregunté, me lo dijo de una manera. Mi hermano lo escribió en un papel, delante de mí, de otra.
Los dos me miraron igual.
En el diario, hace once años, en la primera prueba que corregí, hay una línea al pie que dice quién corrigió esa página. Bajé al archivo y la busqué. Ferrari me alcanzó la caja sin preguntarme nada, como siempre.
La línea está. Dice un apellido común, el más común de todos, y no termina de fijarse, y cada vez que la leo me parece otra, y no otra distinta: la misma, otra vez, sin llegar nunca a ser alguien.
30
Anoche, en la radio, cuatro tipos discutían cinco horas.
Hablaban de la gira de octubre y de que hay que renovar, de que los que ganaron ya están grandes, de que el técnico tiene que animarse. Uno dijo que hay un pibe, en el ascenso, que si lo llevan cambia la Selección. No dijo el nombre. Los otros tres se hicieron los que no entendían y siguieron veinte minutos hablando del asunto sin nombrarlo.
Al final, el que había hablado primero dijo la frase.
Dijo que ese no tendría que haberse perdido.
Apagué la radio y me quedé un rato quieto, con el cuaderno abierto adelante y la lapicera en la mano, en la columna de la izquierda, que es donde van los errores.
La lista se da el jueves.